Los relatos de Concha Fernández.

 

Concha Fernández, creadora de mundos y emociones a través de la palabra. 26/11/2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me llamo Laura.
 

Me llamo Laura y no voy a morirme. Tengo treinta y cinco años  y quiero tener hijos y nietos y  ser feliz, aunque sea sólo un poco, pero ser feliz.

         Me llamo Laura y no voy a morirme, aunque él crea que sí y lo espere sentado en esa silla que veo borrosa porque un líquido viscoso ciega mis ojos.

         No voy a morirme, no lo haré, no le daré ese gusto. No importa si tienen que coserme por el derecho o por el revés, si tengo que estar hospitalizada un mes o un año. Todo eso no importa nada porque yo voy a vivir. Y cuando esté curada, cuando haya recuperado las fuerzas que ahora no tengo me iré de esta casa, me iré definitivamente y para siempre.

         Me llamo Laura, me llamo Laura. Mientras recuerde mi nombre seguiré consciente y podré luchar por no morirme. Me concentraré en continuar oyendo los latidos de mi corazón y me empeñaré en obligarle a que siga latiendo, a que no se pare, aunque cada latido sea una punzada en un costado que me corte la respiración.

Él sigue ahí, supongo que cenando, como si no hubiera pasado nada. Lo supongo sólo, porque no le veo. No distingo más que sus zapatos manchados y las patas de la silla en la que está sentado.

         Me llamo Laura y no sé cuándo empezó esto ni por qué. Sólo recuerdo que, alguna vez, él me llamó Laura con ternura y que, al hacerlo,  parecía que besaba cada letra al pronunciarla. Entonces mi nombre me gustaba porque en su boca sonaba como a música. Fue más tarde cuando comenzó a morder las sílabas al llamarme y yo a odiar mi nombre. Después siguió una época en que primero lo mordía y luego lo escupía. Mi nombre, escupido, es como un dolor de estómago y además asusta. Eso era lo que sentía al principio, temor. Y de repente, un día, dejó de morderlo y empezó a masticarlo. Entonces ya no era temor lo que sentía sino dolor, porque cada sílaba que masticaba desataba una furia incontrolada que se estrellaba contra mí. La primera vez creí que era mi nombre quien me hería, mi nombre masticado, mi nombre enrabietado, mi nombre digerido con la cólera.

         Me quedé sin nombre una noche de otoño. Me lo borró de pronto. Dejé de ser Laura, aunque fuera pronunciado como un escupitajo y me convertí en tú imbécil, o tú idiota, o tú estúpida. Dependía de la inspiración del momento y del grado de alcohol que llevara en sus venas. Cuando pierdes el nombre pierdes también la dignidad y las fuerzas para luchar, o para abandonarle, o para resistirte, o para reivindicarte, o para reinventarte. Un nombre es importante, porque te configura como persona. Sin nombre no eres nadie. Por eso, yo esta noche, después de mucho tiempo siendo nadie, lo he recuperado y no voy a olvidarlo nunca más. Me llamo Laura y no voy a morirme. 

         Por favor, que venga alguien antes de que se dé cuenta de que no he muerto. Que venga alguien antes de que me arrebate de nuevo mi nombre. Que no note que lo he recuperado y me lo arranque a mordiscos y lo mastique y lo trague y lo mezcle con toda la mala baba que hay en su interior y no pueda nunca más recuperarlo.

Intento mover un dedo, pero no puedo. Lo hago despacio para que él no advierta que no estoy muerta. O a lo mejor sí lo estoy y no me doy cuenta y por eso creo que he recuperado mi nombre y que no voy a morirme. Pero no, no estoy muerta porque veo las patas de la silla y sus zapatos manchados y las losas del suelo, también sucias, y mi zapatilla en el borde de la puerta lo que quiere decir que estoy descalza, aunque yo no lo note, y mi ropa hecha jirones junto al mueble lo que quiere decir que estoy desnuda, aunque no tenga frío. No, no estoy  muerta, ni voy a morirme. Estoy tirada en el suelo desnuda y descalza  y lo veo todo turbio, pero sé que me llamo Laura y que no estoy muerta.

         Tengo los ojos abiertos y mi mirada en sus pies temiendo que se levanten y avancen hacía mí. Cierro los ojos un instante, para huir del terror de este pensamiento, pero me obligo a abrirlos de nuevo. No, no huiré a la oscuridad, si se acerca, le miraré fijamente y le diré que me llamo Laura.

          Por favor que los vecinos hayan oído mis gemidos, por favor que hayan avisado a una ambulancia, por favor que alguien llame a la puerta antes de que descubra que no estoy muerta y me golpee de nuevo, por favor que suene el teléfono, que sea mi madre, que sospeche por sus palabras que algo me ha ocurrido, que venga rápido, por favor que alguien me ayude. Me llamo Laura, Laura, Laura... 

He debido caer en el pozo sin fondo de la inconsciencia porque cuando me despierto ya no estoy boca abajo sobre un suelo sucio que huele a miedo y fracaso, sino sobre una camilla dentro de un vehículo que circula a gran velocidad. Miro a mi alrededor y descubro junto a mí a alguien desconocido con una bata blanca, pero que me mira desde dos ojos luminosos como si fueran dos soles atándome a la vida.

         Cierro los míos un solo momento y muy bajito, como si fuera un suspiro, susurro: me llamo Laura, Laura, Laura y no voy a morirme.

Derechos Reservados: CONCHA FERNÁNDEZ GONZÁLEZ..

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