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Los relatos de Concha Fernández.
Concha Fernández, creadora de mundos
y emociones a través de la palabra.
El Último Te.
Ernestina se dispuso a
preparar el té con la misma minuciosidad de todos los
días. Abrió el grifo, llenó la tetera de agua y la
puso a calentar sobre el fuego de gas. La costumbre de
tomar el té como los ingleses la habían adquirido
Ernestina y Lucas en su estancia de cinco años en la
capital británica. Desde entonces, aunque ya no
estuvieran allí, habían cumplido meticulosamente con
este ritual aun en los momentos más difíciles y hoy no
podía ser una excepción. Cuando la tetera empezó a sonar expeliendo un chorro de vapor por la boca, Ernestina la apartó del fuego y apagó los mandos de la cocina. Luego preparó sobre una bandeja un pequeño mantel y dos servilletas de hilo, dos tazas de porcelana de Sevres, dos cucharillas de plata, el azucarero y un platillo con pastas. Colocó un paquetito de té en cada una de las tazas y luego vertió sobre él el agua hirviendo. La tarde había empezado a declinar, era el mes de diciembre y anochecía pronto. Ernestina miró por la ventana y un cielo sucio le advirtió del final del día y de la proximidad de la lluvia. Ninguna de las dos cosas le parecieron importantes en ese momento. Esperó unos instantes a que el agua caliente se fuera tiñendo de color castaño y a que el aroma del té inundara la cocina. La casa permanecía en silencio, igual ocurría en el exterior, parecía como si, de repente, todo hubiera enmudecido. Tras unos minutos, Ernestina se retiró de la ventana y, cogiendo una cuchara, extrajo de las tazas las bolsitas de té y las tiró a la basura. Una ligera voluta de humo flotó ante ella e impregnó el espacio de un agradable olor que le recordó sus tardes londinenses. Echó un último vistazo a la bandeja y, cuando comprobó que todo estaba preparado, se acercó a la llave del gas y la abrió. Luego realizó la misma operación con los fuegos de la cocina y, sin acercarles ninguna llama, cogió la bandeja y abandonó la estancia. En el salón Lucas aguardaba en silencio, recostado en el respaldo del sofá. Cuando vio aparecer a Ernestina con la bandeja en las manos, se incorporó expectante. Ernestina depositó la bandeja sobre la mesa y se sentó a su lado, luego cogió una taza y se la ofreció a Lucas sonriendo, sin reprocharle, ni por un solo momento, que la fuera a abandonar.
Derechos Reservados: CONCHA FERNÁNDEZ GONZÁLEZ. |