Los pueblos de la comarca
norte de Guadalajara tienen como decorado de fondo, la
Sierra Norte. Si te sitúas de frente a la sierra, veras
un pico solitario a la derecha, es el Ocejón.
Junto al Pico del Lobo, es la
montaña más alta de Castilla la Mancha, mis hijos en
primaria aprenden
esto, los que somos de planes más antiguos aprendimos montañas lejanas y difíciles de
imaginar, en nuestro caso solo hay que levantar un poco
la vista para ver la Sierra Norte de Guadalajara.
Bajo la estela del Ocejón,
os voy a ir contando algunas cosas de los pueblos del
Norte de Guadalajara. Unas tierras castellanas de cielos
claros imponentes y gentes nobles y un poco olvidadas.
Cuando cargo las pilas en
estos pueblos castellanos, recuerdo al admirado Miguel
Delibes y sus historias de Castilla.
VIEJAS HISTORIAS DE CASTILLA LA VIEJA (1964)
"El pueblo en la cara"
Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta
y ocho años, y me topé con el
Aniano, el Cosario, bajo el chopo del
Elicio, frente al palomar de
la tía Zenona, Cena, ya en
el camino del Pozal de la Culebra. Y el
Aniano se vino a mí y me
dijo: "¿Dónde va el Estudiante?". Y yo le dije: "¡Qué sé
yo! Lejos". "¿Por tiempo?" dijo él. Y yo le dije: "Ni lo
sé". Y él me dijo con su servicial docilidad: "Voy a la
capital. ¿Te se ofrece algo?". Y yo le dije: "Nada,
gracias Aniano".
Ya en el año cinco, y al marchar a la ciudad para lo del
bachillerato, avergonzaba ser de pueblo y que los
profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era
de pueblo o de ciudad): "Isidoro ¿de qué pueblo eres
tú?" Y también me mortificaba que los externos se dieran
de codo y cuchichearan entre sí: "¿Te has fijado qué
cara de pueblo tiene el Isidoro?" O, simplemente, que
prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar
una partida de zancos o de pelota china y dijeran
despectivamente "Ése no; ése es de pueblo". Y yo ponía
buen cuidado por entonces en evitar decir: "Allá en mi
pueblo"... o "El día que regrese a mi pueblo", pero, a
pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y
Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a
demostrar que los ángulos de un triángulo equivalen a
dos rectos: "Siéntate, llevas el pueblo escrito en la
cara". Y, a partir de entonces, el hecho de ser de
pueblo se me hacía una desgracia y yo no podía explicar
cómo se cazan gorriones con cepos o
colorines con liga, que los espárragos, junto al
arroyo, brotarán más recio echándoles porquería de
caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se
reían de mí. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo,
estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y
carecer de un pueblo que parecía que le marcaba a uno,
como a las reses, hasta la muerte. Y cada vez que en
vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis
viejos amigos, que seguían matando tordas con el
tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y
un trapo rojo, dijeran con desprecio: "Mira el
Isi, va cogiendo andares de
señoritingo". Así que, en cuanto pude, me largué de
allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis
para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno
el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó,
porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me
doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para
trabajos tan rudos y, así de que llegué, me puse primero
de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal
y más tarde empecé a trabajar las radios
Philips que dejaban una
punta de pesos sin ensuciarse uno las manos. Pero lo
curioso es que allá no me mortificaba tener un pueblo y
hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para
decirle: "Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o
asao." O bien: "Allá en mi pueblo, los hombres visten
traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, largas
hasta los pies " O bien: "Allá, en mi pueblo, la tierra
y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian
dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón" O
bien: "Allá, en mi pueblo, si el enjambre se larga,
basta arrimarle una escriña
agujereada con una rama de carrasco para reintegrarle a
la colmena." Y empecé a darme cuenta, entonces, de que
ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era
un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de
la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran
siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los
bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad
cambiaban cada día y con los años no restaba allí un
solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el
pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello
del progreso y las perspectivas de futuro.